Hoy celebramos en la diócesis de Madrid a San Isidro Labrador, solemnidad y precepto por tratarse de nuestro patrón. Puedes leer las lecturas propias pulsando aquí.
Un santo laico, casado, con hijo, y trabajador del campo. Ciertamente, no son características muy habituales en el santoral, pero ojalá que cunda su ejemplo. No es corriente contar con un santo del sector primario, tan decisivo para el desarrollo de toda sociedad. Y por esta razón es venerado en el mundo entero como patrón del campo.
Felipe II trasladó la corte a Madrid en el siglo XVI. Por entonces, ya era patrona la Virgen de la Almudena. Pero había un patrón que en realidad no lo era oficialmente, sólo lo era «oficiosamente». San Isidro murió con fama de santidad allá por el siglo XII y fue rápidamente «canonizado» por el pueblo. Se trata de uno de esos casos peculiares en que el pueblo de Dios tiene una iniciativa arrolladora, difícilmente tendente al desánimo. Era patrón, pero sin ser santo canonizado.
El hijo de Felipe II (al que sólo hubo que añadirle un «I»), cayó gravemente enfermo allá por 1619. Comprobando que los médicos no daban con la tecla que le evitara la tumba, se agarró a la fe. Estando postrado en Casarrubuelos, cerca de Madrid, mandó traer las reliquias de San Isidro, su cuerpo incorrupto. La curación milagrosa del monarca propició la beatificación inmediata del labrador madrileño ese mismo año.
El proceso de canonización culminó en 1622, en una entrañable ceremonia en que nuestro humilde labrador compartió elevación a lo más alto del santoral con otros insignes españoles: Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier. Tan apabullante presencia hispana pareció excesivo a alguno, al que no se le ocurrió otra casa que incluir a un italiano para disimular: San Felipe Neri.
El pobre Gregorio XV no pudo darle todo el esplendor que requería tal ceremonia, pues la nueva basílica de San Pedro no se consagró hasta 1626, aunque sí estaba prácticamente terminada, con la imponente fachada de Maderna orgullosamente levantada. He preguntado a varios entendidos y no me han sabido decir dónde aconteció la ceremonia de canonización exactamente. Como en el Vaticano y en Roma había ya por aquél entonces tantos y tan solemnes lugares, no aminora la dignidad de la elevación al santoral de personas tan santas. Pero estoy seguro de que los legados españoles se dieron buena vuelta por las obras de San Pedro, con la boca absolutamente abierta, contemplando el magnífico templo más grande de la cristiandad a punto de ser inaugurado.
Ahora sí: Madrid ya tenía un patrón oficialmente canonizado por el papa de Roma.
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